David Saborido me invita a hacer una crítica de su obra. Dada mi bisoñez en el asunto pienso que quizás pretenda evitar que alguien convierta su trabajo en un cliché, como suelen hacer los críticos con pedigrí. El sabrá lo que hace al convertirme en mediador entre su arte y el público y, dado que, para reconocer el arte hace falta también algo de talento me siento halagado en su confianza. Alguna confidencia si me hizo, pero sabido es que las intimidades entre el proceso de creación y el de reflexión analítica posterior no siempre casan: quede a la postre como mejor expresión la muestra de su obra.
David continúa la senda de los grandes de la pintura abstracta con una gama de color muy reducida porque así la sensación de intimidad es aún mayor y la expresión más pura. Rechaza cualquier tipo de figuración porque ello le aparta, le estorba en la instintiva búsqueda de recursos pictóricos para plasmar lo que siente, lo que le empuja, lo que experimenta como único de ser expresado con pintura: el absoluto tan esquivo como apremiante. David es oficio y vocación y la obra que podemos contemplar es el producto final, el destilado de su andadura pictórica cimentada en la observación de los grandes maestros de los que acaba independizándose en su escalada hacia “la pintura por la pintura”.
Se trata de una pintura intimista ¿Cómo si nó?... un dejarse llevar por la sabiduría que le acuna y que él trata de sacar poniéndose como instrumento, tratando de anular sus propios sentidos para así encontrarse más pegado a lo absoluto; difícilmente se puede ir más lejos en nuestro encuentro con arcanos insondables. El azar juega un papel importante en la obra de D. Un azar continuamente interrogado para ser aceptado o rechazado según esté en armonía con lo más íntimo del creador. Este aserto lo hemos podido constatar quienes hemos tenido la suerte de verle en acción en su faceta didáctica y contemplamos con asombro como el juego construcción deconstrucción era contínuo llevándose por delante estados intermedios que muchos de nosotros hubiésemos firmados como propios sin pensárnoslo dos veces. El mismo mecanismo factura su obra más abstracta. La misma técnica puesta al servicio de la misma autenticidad.
Tratándose de un tipo de pintura con tan alto porcentaje de subjetividad no puedo recomendarla a quien no esté dispuesto a abandonarse, un poco o un mucho. Las obras expuestas son el producto del abandono del pintor, del abandono de si mismo más completo que pueda imaginarse. Si usted está dispuesto a perderse en la ilimitada geografía espiritual de lo expuesto no dude en acudir porque es posible que entre en resonancia, ya que no deja de ser, al fin y al cabo, más que una manifestación del espíritu humano. Si usted como el que esto suscribe está harto del mundo hipertecnológico que nos envuelve, no lo dude y sumérjase en la saturación de los azules o en las sugerencias de los “ladrillos”
Resumiendo: técnica al servicio de la autenticidad
Poal
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