Un estamento de máximos
La trayectoria artística de David Saborido – escueta por la juventud pero dilatada por los abundantes proyectos realizados – ha asumido desde un principio las propuestas más comprometidas de la contemporaneidad plástica. Venía de una formación que iba mucho más lejos que la que estamos acostumbrados a vislumbrar en los jóvenes formados en Facultades más cercanas. Esto, precisamente por ello, imprime carácter a los que tienen la suerte de haberlo vivido. En el caso contrario, los que han soportado estructuras académicas anticuadas no tienen más remedio que abrazar una fe artística sustentada por un convencimiento propio y no por el patrimonio de los que instruyen. Además, en el caso de David Saborido, su convencimiento de que el arte sólo pasa por la inmediatez de las estructuras creativas, lo hacen poseedor de un credo artístico sin vuelta de hoja y sustentado en una convicción de que la realidad sólo es la que es. Por eso, la obra del autor jerezano está apoyada en una preclara visión de un arte hacia adelante donde existen muy pocos resquicios para la duda.
Conocí a un David Saborido recién llegado de su Barcelona universitaria. Venía ahíto de entusiasmo, lleno de ilusiones y abierto a las mayores y a las mejores expectativas. Se encontró con una ciudad muy parca en intenciones, con unas vacas sagradas de la modernidad que muy poco aportaban, sólo vacua dialéctica y filosofía barata sin sustancia creativa alguna y, además, con unas infraestructuras expositivas abandonadas por la dejadez de unos mediocres o en manos endiosadas. Sólo había ciertas ínsulas rodeadas de anticuadas posiciones. La afortunada visión de lo artístico que traía de otras tierras únicamente en aquellas encontraba reflejo – todavía lo sigue haciendo pues la realidad no ha cambiado demasiado -. En ellas se apoyó y desde ellas se encontró inmerso en una sociedad artística jerezana con más cohetería que otra cosa. Pero David Saborido, que sabe lo que quiere, no se dejó embaucar por las alharacas de los que nada tienen que decir. Se encerró en su casita amarilla, santa sanctorum de su realidad artística y existencial, trabajó casi en solitario y se fue abriendo camino en un arte que exigía artistas con mayúsculas y no envueltos en la doble capa de una verdad en entredicho – se podría cambiar lo de verdad por mentira y no alterar la idea planteada -. Ahora, después de un tiempo de necesaria búsqueda, de planteamientos que se cuestionan y se abren a nuevos esquemas para insistir en novedosos postulados, también susceptibles de revisión, nos encontramos con un David Saborido nuevo, ilusionado, expectante y con muchos bríos – los mismos de toda la vida, pero renovados y lleno de inquietud creativa -. Creo que se encuentra en un momento existencial muy bueno y ha encontrado en lo artístico el adecuado desarrollo, lo que se traduce en un desenlace artístico contundente y lleno de emoción. Por eso considero que esta exposición va a ser todo un punto de inflexión para una carrera que, desde este momento, se me antoja llena de muy buenas proposiciones.
La pintura de David Saborido se ha vuelto más pintura, se ha sustentado en una beneficiosa carga plástica que, desde su materialidad, asume una posición estructural llena de enjundia pictórica y abierta a los máximos registros compositivos. En ella se plantea un compromiso con la verdad de un arte que él sabe cómo sacarle el mejor de los partidos. Ha condicionado el expresionismo de otros tiempos a un moderado patrimonio de la forma pictórica, que se ha desprendido de innecesarias hojarascas para acoger la máxima materialidad que ofrece el pigmento puro, esparcido con suma maestría y desarrollando unas marcas cromáticas que asumen todo su poder emocional. La nueva obra de David Saborido, con esos campos en azul bellamente dispuestos, nos retrotrae a una pintura que ejerce la función vehicular de transportar la máxima espiritualidad. Y es que esas superficies esparcidas de color puro, sin desvirtuaciones estructurales, sin mensajes distorsionantes, nos envuelven con la suprema magia de un color que ejerce su estamento posicional para desencadenar las más imprevisibles emociones. Pero, además, aquí la pintura se convierte en un mínimo campo de actuación, en un escueto escenario donde sólo asume su extraordinario poder la contundencia formal de un color que marca las rutas plásticas a seguir.
Se trata de un minimalismo compositivo que deja de serlo para convertirse en un maximalismo emocional que, a veces, nos acerca a la suprema sensualidad de un color en su máximo poder circunstancial.
La pintura de David Saborido ha llegado a un estamento de máximos. Con ella se sostiene un bello credo donde no hay lugar para la duda. Estamos ante una pintura que se ha hecho madura de tanto buscar posiciones llenas de verdad creativa. Ya no existen iniciales tanteos, ahora todo queda sustentado en los horizontes de una pintura con mayúscula donde intervienen muchas buenas situaciones. Es el tiempo de un David Saborido que alcanza un nuevo estamento pictórico. Lo demás son pobres dialécticas sin sustancia.
Bernardo Palomo
Bernardo Palomo